El triunfo del César

El triunfo del César 

El triunfo era el desfile apoteósico de un general victorioso por la Vía Sacra romana. Era, un tiempo, desfile de la victoria y acto religioso de acción de gracias ante Júpiter Capitolino por haberlo favorecido en la batalla. Condición indispensable para la celebración del triunfo era que el general agasajado hubiese resultado vencedor en una guerra justa (bellum iustum) en cuya batalla más importante hubiera perecido un mínimo de cinco mil enemigos. Las tropas que habían de participar en el desfile se congregaban en el Campo de Marte y desde allí, siguiendo el itinerario oficial, entraban en Roma pasando bajo el arco triunfal, por la Vía Sacra y foro, hasta el templo de Júpiter en el Capitolio, máximo santuario romano. A lo largo de la carrera oficial, las calles aparecían adornadas con guirnaldas y colgaduras. En una ciudad de ordinario maloliente, incluso el aire se perfumaba aquel día con incienso quemado en los templos. Abrían procesión los senadores y magistrados, seguidos de la banda de música. Luego iban los carros que transportaban el botín arrebatado a los vencidos, sus insignias, las imágenes de sus dioses, sus objetos sagrados y la figuración de las ciudades tomadas y de los territorios sojuzgados, cada cual convenientemente identificado por un letrero que los que sabían leer lo descifraban para beneficio de los analfabetos. Detrás de los trofeos desfilaban las víctimas que iban a ser inmoladas a Júpiter en acción de gracias, por lo general toros blancos con los cuernos dorados y adornados por guirnaldas. Detrás del ganado iban cuerdas de prisioneros destinados a ser vendidos como esclavos y los caudillos derrotados, con una soga al cuello o encadenados. Después del desfile, los reyes y jefes de los pueblos vencidos eran ejecutados en la Cárcel mamertita. Por cierto, ésta cárcel, instalada en una antigua cisterna etrusca, fue consagrada en época cristiana como Iglesia de San Pedro y San pablo y se ha conservado bastante bien. Detrás de los cautivos, a prudente distancia, iban los lictores, escoltando a los magistrados con imperium (es decir, con poder de vida o muerte, de carácter sagrado) Los lictores ataviados con túnicas rosadas, portaban al hombro las fasces o varas de azotar, atadas con un haz, símbolo del poder coactivo que otorgaba el cargo al magistrado. Cuando estaban fuera de la ciudad, y por lo tanto de la jurisdicción del pueblo, añadían a las varas un hacha de verdugo (securis) cuyo hierro sobresalía del haz. Mussolini, el dictador italiano que soñaba con emular las pretéritas glorias romanas, adoptó las fasces como símbolo del partido fascista. Junto a los lictores iba un tropel de portadores de vasos aromáticos y una banda de música que acompañaba al carro blanco, tirado por caballos también blancos del general victorioso. El triunfador iba coronado de laurel y había cambiado sus arreos militares por una túnica tachonada de estrellas de oro. En la mano derecha portaba un cetro de oro rematado en águila, en la izquierda, una rama de laurel. Detrás del general iba un esclavo que le sostenía sobre la cabeza la corona de Júpiter Capitolino y le iba susurrando al oído: Respice post te, hominem te esse memento (“mira hacia atrás y recuerda que sólo eres un hombre”) Luego desfilaban los soldados victoriosos con sus insignias y banderas, en alegre y escasamente marcial algarabía, entonando canciones cuarteleras y gritando vivas al jefe, incluso insultándolo y mofándose de él, no por falta de respeto sino para preservarlo del mal de ojo y de la envidia de los dioses que pudieran estar celosos de su gloria. Con el mismo propósito, el general iba adornado de amuletos y decoraba su carro con un falo (el falo y la higa eran los antídotos contra el mal de ojo) El desfile terminaba en la explanada del Capitolio. El triunfador penetraba en el templo de Júpiter y devolvía a la imagen su corona e insignias. La ceremonia religiosa continuaba con la inmolación de las víctimas; la profana, en otro lugar de la ciudad, con un multitudinario banquete al que asistían los magistrados, el ejército victorioso e incluso el pueblo de Roma. César hizo las cosas a lo grande. Celebró cuatro triunfo sen cuatro días sucesivos: el primero por su victoria en las Galias, con exhibición y posterior ajusticiamiento de Vercingetorix, el caudillo vencido; el segundo, por su victoria en la guerra de alejandrina, no sobre Egipto, país oficialmente amigo,, sino sobre el partido egipcio rebelde. La prisionera de mayor rango que figuró fue Arsinoe, la hermana de Cleopatra, pero César no la hizo ejecutar. También aparecieron, solamente en efigie, puesto que ya habían muerto, Aquilas y Potino, los dos ministros del último Tolomeo, y una efigie que representaba al Nilo. El tercer triunfo que César conmemoró fue su victoria contra el rey Juba en África. En el triunfo africano incluso figuraron, como trofeos de guerra, cuarenta elefantes portadores de faroles, y una jirafa, animal nunca antes visto en Roma. Los atónitos romanos lo denominaron “panteracamello”.

Autor: Juan Eslava Galán en “Cleopatra, la serpiente del Nilo”, Editorial Planeta, Barcelona, 2004.

Fuente: http://www.lasrelacionespublicas.com

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